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EL QUECHUA Y SU INFLUENCIA EN LA CULTURA DEL SUR DE
COLOMBIA
-La lengua y la cultura, eterna simbiosis-
Por
J. MAURICIO CHAVES BUSTOS
Somos como el agua, la piedra y la espuma,
porque mientras el agua dice vámonos, la piedra
dice quedémonos y la espuma dice bailemos.
Don Juan Chiles, del pueblo Pasto, 1700.
INTRODUCCIÓN
Cada vez se hace más importante el redescubrimiento de nuestra propia
esencia como nariñenses, sobre todo en un proceso que, gracias a los
medios, permite constantemente la imposición, soterrada y silenciosa, de
modelos ajenos a nuestra propia concreción, en detrimento de nuestra
identidad. Todo lo que se haga por fortalecer nuestra identidad merece
el apoyo, el detenimiento, la observancia, porque sólo así seremos
capaces de soportar el anquilosamiento de lo propio-sustancial frente a
una globalización que pretende borrar las fronteras frente a unos
parámetros escogidos como validos: los de occidente, los del capital,
especialmente.
Por ello, quiero en este ensayo, ayudar a redescubrir, por lo menos
dando algunos parámetros, la presencia del Incaico en nuestras tierras
nariñenses, con su lengua, el Quechua y Quichua, así como con formas de
expresión folclórica que nos remiten a las costumbres de los Andes
peruanos, bolivianos y ecuatorianos, como integrantes de una cosmogonía
común y compartida; comunión obviamente enriquecida con la visión
singular de Pastos, Quillacingas y Abades, nuestros ancestros próximos,
en sintonía con el Churo cósmico, en donde somos pieza esencial en el
engranaje del Universo, visible en nuestras costumbres y tradiciones, y
manifiesto en los lugares sagrados -especialmente en petroglifos y
pictogramas, como los de Potosí o Cumbal- así como en las ofrendas
hechas con el metal sagrado, el oro, y en la esencia de la tierra
modelada, la cerámica, en donde y con lo que se rinde culto a nuestros
dioses tutelares, y devolviendo la generosidad de estas tierras con sus
propios frutos, con el alimento, en el ritual de la fiesta y del
agasajo.
Por ello, en una primera parte quiero aclarar el término cultura,
buscando las acepciones que correspondan a esa herencia telúrica que nos
es tan manifiesta; en segundo lugar, me he permitido incluir un sucinto
estudio que se ha hecho sobre el Quechua, permitiéndonos con ello
encontrar enclaves importantes dentro del habla común nariñense; y
finalmente, para comprobar la hipótesis trazada en el párrafo anterior,
paso a demostrar la presencia del Inca en nuestros territorios sureños,
así como su influencia en el habla, las costumbres y tradiciones que aun
subsisten.
QUÉ ENTENDEMOS POR CULTURA
El mundo del hombre es el mundo de la cultura; es el espacio donde de
una u otra manera se desarraiga de su condición puramente natural, para
verterse en el campo de las subjetividades, los ensueños, las fantasías,
así como de las explicaciones objetivas, filosóficas y racionales; el
hombre ha reunido en un sólo estamento la díada de su temperamento bi
relacional. Es aquí donde termina por forjar un lenguaje cargado de
símbolos, como lo anota Danilo Cruz Vélez, la palabra hablada o escrita
es como un intermediario entre la subjetividad humana y el mundo [1], el
hombre traspone así al objeto con su propio símbolo, deja el objeto para
reemplazarlo por esa simbología, intermediaria entre el mundo natural y
el mundo del hombre.
De la cultura van a brotar el Estado, la sociedad, las religiones, la
ciencia, el arte, la técnica, etc., es decir que es en últimas el
sustento de donde emergen las sociedades como tal. El autor citado,
encuentra dos raíces, que ayudan a comprender la relación existente
entre lengua y cultura, y más concretamente en la facticidad dentro de
la vida cotidiana del hombre, trascendida en su propio espíritu, el
folclor, que es eso y no otra cosa:
- Cultura viene de colere, cultivar, un verbo latino cuyo participio
perfecto es cultus. Colere se refirió en un principio al cultivo de la
tierra (colere agrum). La agricultura es el comienzo de la cultura.
Después se usó el vocablo en sentido metafórico. Es decir, se trasladó
su significado a otro dominio, el dominio de la vida humana, y comenzó a
designar el cultivo de esta. La vida humana se ve aquí como una tierra
que hay que cultivar. Lo cultivable en un hombre es su naturaleza -sus
instintos, impulsos e inclinaciones, que lo hacen igual al animal- De
modo que el fin de la cultura es superar la animalitas en el hombre y
fomentar su humanización, desarrollando su humanitas.
- Y una acepción más antigua de colere es su participio sustantivo,
cultus, tomando en su valor religioso, el cual designa el culto divino,
la veneración, la adoración de los dioses. Este vocablo adquirió tal
connotación porque colere, en el sentido de habitar, se empleaba también
referido a los dioses locales, y significaba “habitar en un lugar el
dios, habitar con los dioses”. Como se sabe, estos dioses locales, a
diferencia de otros dioses, residían en un lugar terrestre, como vecinos
del hombre, protegiéndolos. Por esta razón, colere se hizo, además,
sinónimo de protegere, “proteger”, y se aplicó al culto que rinde el
hombre a los dioses para invocar su protección.
Y es mediante la cultura, así entendida, que el hombre es en el mundo,
es decir que toma conciencia de su existencia, de comprensión del mundo,
como lo anotaría Heidegger en su interpretación del dasein (modo de ser
del hombre), y de allí la importancia del habla, de la forma de
comunicarnos de una manera simbólica, de especificarnos dentro de la
generalidad, pero a la vez de hacernos universales en la comprensión del
mundo que nos rodea, somos seres hablantes, esa no es solo nuestra
característica sino nuestra auténtica y original tipificación: nadie se
atreverá a negar, ni a declarar como inútil o incorrecta, la
caracterización del habla como una exteriorización fónica de estados de
ánimo; como una actividad humana y como una representación simbólica y
conceptual [2], es mediante el habla que expresamos nuestras
sensaciones, motivaciones, frustraciones, deseos, anhelos, realidades,
etc., etc., es mediante el habla que nos manifestamos como humanos. No
quiere decir por ello que el habla funde otra realidad diferente a la de
nuestro mundo, pero si es una manera que permite delimitarlo para
comprenderlo.
De allí que ahora debamos detenernos en el habla Quechua, sus variantes,
sus giros y modos dependiendo del receptáculo que lo recibe; ello, en
clara relación con lo anterior, para demostrar que el habla corresponde
a tiempos y a lugares, que no es una pieza de museo anquilosada,
petrificada; no, todo lo contrario, el habla corresponde a los saberes,
se nutre de ellos, se alimenta de su medio. De allí la característica
fundamental de los pueblos amerindios en su totalidad: el habla
corresponde a su medio, a su entorno, y sabido es por todos, por ello no
merece nuestro detenimiento, el profundo respeto que éstos tuvieron por
la naturaleza, no desligándose del todo de ella para fundar su mundo,
sino integrándose en una simbiosis que le permitió vivir en y con ella
sin destruirla, al contrario de las experiencias del hombre occidental.
LA LENGUA QUECHUA
En primer lugar, he de confesar que no es el Quechua mi lengua madre ni
mi segunda lengua; provengo de la ciudad de Ipiales, límites con
Ecuador, en donde desde siempre ha existido siempre un gran influjo de
la cultura y la lengua Incaica, así como de la cultura de nuestro
hermano país. Así que del Quechua sólo me han llegado unas cuantas
palabras, unos modismos, algunos costumbrismos, pero no más.
Siento que en este punto se hace necesario hacer un acercamiento al
Quechua, sus formas, sus manifestaciones, los lugares dónde se habla y
cómo se habla. Para ello, he de servirme, en su totalidad, del estudio
realizado por PROEL, Promotora Española de Lingüística, que de manera
sencilla y sin dejar de lado la profundidad requerida para el caso, nos
explica de manera sustancial las principales características del
Quechua:
La familia quechua pertenece a la rama quechuamarán del tronco
andino-ecuatorial. El hogar original del pueblo quechua parece haber
sido la región de Apurímac-Ayacucho, en el Perú actual. Aquí se fundó el
Imperio Inca que fue conocido hasta la Conquista española como
Tahuaninsuyu 'Las cuatro regiones' (tahu 'cuatro', susyu 'región'). El
quechua era la lengua predominante del Imperio y se hablaba en dos
variantes: la casta gobernante hablaba inca simi, que algunos estudiosos
creen fuera una lengua secreta, y el pueblo hablaba runa simi o 'lengua
popular'. Desde el siglo XVI en adelante el nombre tribal quechua se usó
para designar la runa simi.
El drama Ollantay es tal vez la obra mejor conocida de la literatura
quechua; fue compuesto por un autor desconocido hacia el 1470. Por
varias razones, entre ellas la del proselitismo, los españoles
difundieron el esparcimiento del quechua. La lengua fue enseñada en la
Universidad de Lima (fundada en 1551) y para 1560 Domingo de Santo Tomás
había producido la primera gramática quechua.
La historia de la expansión territorial del quechua ha experimentado
varias etapas:
El territorio que cubrió la primera expansión parece haber sido
probablemente el mismo que ocupa hoy el Q.I, más la franja costeña
adyacente comprendida entre el río Santa, al norte, y el río San Juan de
Chincha, al sur. Es en esta zona donde se reconoce la mayor
diversificación del quechua. La segunda fase de expansión correspondió
únicamente al conjunto wampi y puede correlacionarse, en tiempo y
espacio, con la acción cultural cumplida entre los siglos VI a IX ó X d.
C., en la época llamada Huari o Tihuanaco Peruano, por grandes centros
constituidos en al costa central y sur-central peruana, como la ciudad
de Pachacámac, un poderoso foco económico, político y religioso que
surgió en la costa sur-central, a corta distancia de la ciudad de Lima.
Del siglo XII ó XIII al siglo XVI se produjo la fase de mayor expansión
del quechua ocurrida antes de la conquista española, fase que llevó a
las variedades del chínchay de la costa sur central y sur peruana a
implantarse por múltiples vías en nuevos espacios, algunos
territorialmente contiguos al suyo, como las regiones ayacuchana y
cuzqueña, y otros muy lejanos, como el Ecuador, la selva nororiental
peruana, Bolivia, Chile y el noroeste de Argentina.
El quechua tiene todavía millones de hablantes. Se estima que, en
Ecuador, hay más de un millón y medio; en Perú, más de tres millones, y,
en Bolivia, más de un millón y medio, y en Colombia, unos cuantos
cientos al sur del país -Nariño y Putumayo, principalmente-. En
Argentina son sólo algunos miles. El complejo quechua es tan diverso
como pueda serlo la rama romance o el mixteco o el zapoteco, habiendo
una gran diversificación interna. A la vez, la activa promoción del
quechua en una enorme región que se extendía desde el sur de Colombia,
hasta Argentina, llevó a la degeneración de la lengua. Actualmente se
habla en varios dialectos por Perú, Bolivia, Ecuador, y sur Colombia,
contando con 8 millones de hablantes.
Hay dos dialectos principales: el de Cuzco, que es la forma normativa
boliviana y el de Ayacucho que es la normativa peruana. La principal
diferencia entre ambas es fonológica: la presencia en el quechua de
Cuzco de una oposición triple en las oclusivas y africadas. También hay
diferencias menores gramaticales, como la forma plural de la primera
persona del pronombre es ñoqanchik en Ayacucho, mientras que en Cuzco es
ñoqanchis. Ambos dialectos son mutuamente comprensibles.
Una clasificación tradicional de la dialectología quechua sería la
siguiente:
• Quechua I (Q.I) o wáywash que se extiende por la Sierra Central
peruana de manera continua, teniendo una rama septentrional en los
departamentos de Ancash y Huánuco y otra meridional en los departamentos
de Pasco, Junín, Lima y las serranías del nordeste y el nordeste,
respectivamente, de los departamentos de Ica y Huancavelica. El nombre
wáywash corresponde al de una alta cordillera nevada que se yergue en la
región media del territorio de Q.I.
• Quechua II (Q.II) o wampu se subdivide en A, B, y C según el
alejamiento lingüístico de menor a mayor con respecto a Q.I. Sus
regiones dialectales se encuentran desde el suroeste de Colombia y el
norte del Ecuador hasta el Noroeste argentino, aunque con interrupciones
por interposición de regiones no quechuas y de la región de Q.I. La
denominación de wampu ("navío" en quechua) tal vez haga referencia a la
acción de los pueblos costeros que llegaron a poseer un avanzado dominio
de las artes náuticas.
. Q.IIA forma un subconjunto, el yúngay, que tiene una rama
septentrional (dialectos Cañaris-Incahuasi y Cajamarca), una central
(dialecto Pacaraos) y una meridional (dialectos de Laraos y Lincha),
contiguas las dos últimas con la zona del wáywash meridional. La palabra
yungay procede de la quechua yunga, con la que se designaba a la gente
de la costa.
. Q.IIB y Q.IIC quedan englobados en un subconjunto que nombramos
chíchay, del cual IIB constituye la rama septentrional (dialectos
colombo-ecuatorianos y peruanos nororientales) y IIC la rama meridional
(dialectos denominados ayacuchano, cuzqueño, bolivianos y de Santiago
del Estero).
La palabra chínchay remite a un pueblo yunga de la costa sur peruana.
Ningún habla quechua permite en la actualidad la comunicación con toda
la familia lingüística; de hecho, ningún dialecto de Q.I ni de Q.II es
plenamente inteligible en su respectiva área dialectal. Por ejemplo, en
la hoya interandina del río Mantaro (en los departamentos peruanos de
Junín y Huancavelica) los hablantes de los dialectos Q.I y Q.II que allí
colindan no se comprenden mutuamente. Para escribir runa simi se adoptó
un alfabeto oficial en 1946, que contiene 21 letras del alfabeto romano.
Las lenguas quechuas tienen una estructura morfológica aglutinante
basada casi exclusivamente en el uso de sufijos. Aunque la morfología es
compleja no obstante es regular. La referencia personal en los verbos
supone dos participantes humanos, sujeto y objeto. Las características
semánticas y pragmáticas de las conjugaciones verbales de los sufijos
son muy difíciles de determinar. La morfología y el uso de esas
conjugaciones de sufijos muestran una ilimitada variación en todos los
dialectos.
Los nombres se marcan por caso y persona del poseedor y opcionalmente
por el número. La estructura de la lengua es nominativo-acusativo.
La complejidad morfológica del quechua se ha preservado bien en todos
los dialectos de Ecuador y Colombia (incluyendo los peruanos
septentrionales y de la selva ecuatorianos) constituyen una excepción
porque muestran una morfología más simplificada. Los marcadores
posesivos no se usan allí, indicándose la posesión por yuxtaposición. No
hay duda de que los contactos con otras lenguas (extinguidas) locales
con diferente estructura son la causa de los cambios que ha tenido lugar
en el grupo dialectal ecuatoriano-colombiano. Otros dialectos, como las
variedades de Argentina y los septentrionales peruanos de Cajamarca y
Chachapoyas también muestran influencias léxicas y fonológicas de
lenguas nativas no aimaras. Tales influencias no son frecuentes en los
dialectos del quechua nuclear en el sur y el centro de Perú, que también
están menos influenciados por el español.
La fonología quechua es simple pero sujeta a variación según los
dialectos. El sistema vocálico es principalmente de tres vocales
acompañadas de distinción de duración en la rama peruana central. Las
vocales altas tienen semi alófonos en la cercanía de las uvulares.
Algunos dialectos (ancash) han desarrollado vocales semi largas por la
monoptongización de los diptongos. El sistema consonántico es muy
limitado, incluyendo una palatal frente a las nasales y líquidas, una
uvular frente a las oclusivas y una retrofleja frente a las africadas
palatales. Muchos dialectos no retienen estas oposiciones. Los dialectos
de Cuzco, Puno y Arequipa en Perú y el quechua boliviano han
desarrollado un contraste entre oclusivas llanas, glotalizadas y
aspiradas, probablemente por influencia del aimara.
El Alfabeto Básico General quechua está compuesto de 16 signos
consonánticos y 5 vocálicos, ordenados del siguiente modo: a, ch, e, h,
i, k, l, ll, m, n, ñ, o, p, q, r, s, sh, t, u, w, y. El punto y modo de
articulación genéricos de los distintos sonidos que se grafican con
dichos signos es el siguiente:
Oclusivas simples: labial, p; alveolar, t; velar, k; post-velar, q.
Oclusiva africada: palatal, ch.
Fricativas: alveolar, s; palatal, sh; glotal, h.
Nasales: labial, m; alveolar, n; palatal, ñ.
Laterales: alveolar, l; palatal, ll.
Vibrante: alveolar, r.
Semivocales: labial, w; palatal, y.
Vocales:
Altas: anterior, i; posterior, u.
Medias: anterior, e; posterior, o.
Baja: central, a.
En quechua no hay género gramatical y el género natural se delimita por
palabras, como warmi para femenino y qari para masculino, de allí wawa
'niño', warmi wawa 'niña'.
No hay artículos determinados, actuando el sufijo -qa como marcador. El
numaral huk 'uno' se puede usar como artículo indeterminado. El marcador
plural es -kuna.
El pronombre demostrativo es kay 'esto', chay 'eso', wak 'aquello'. El
interrogativo es pitaq '¿quién?', imataq '¿qué?', como ¿Pitaq
yachachisunkichik runasimita? '¿Quién les está enseñando runa simi?'.
La numeración del 1 al 10 es la siguiente: huk, iskay, kimsa, tawa,
pichqa, soqta, qnachis, pusaq, isqon, chunka; 11 chunka hukniyoq, 12
chunka isakniyoq, 13 chunka kimsayoq, 20 iskay chunka, 30 kimsa chunka,
100 pachak, 200 iskay pachak.
Los verbos quechuas se conjugan plenamente en tres personas y dos
números, singular y plural. No hay verbos irregulares y todas las
conjugaciones se hacen de acuerdo a un paradigma.
De la lengua quechua proceden varias palabras que han pasado al español,
cancha (de kancha: ‘recinto’, ‘patio’, ‘empalizada’), cocaví (de kokau:
‘provisión’, ‘víveres para el viaje’), callampa (de k´allampa: ‘hongo’),
cóndor, (de kuntur), china (de china: ‘hembra de los animales’,
‘sirvienta’), quaqua (de wawa: ‘niño de teta’), humita (de huminta),
puma (de puma: ‘león’, ‘gato montés’), vicuña (de wikuña), vizacacha (de
wisk´acha).
LOS INCAS EN EL SUR DE COLOMBIA Y SU INFLUENCIA
En el hombre americano -en su condición pura- hay un hermanamiento entre
la cultura y la naturaleza; mientras el europeo la escinde con la ratio
o el logos, el americano hace concreción entre lo uno y lo otro; no se
separa, no elimina, no borra, sino que se integra, se acopla, sigue
siendo hombre-naturaleza; el mundo del hombre occidental es la ciencia,
el avance, la tecnología, el capital; el mundo del indígena es la
naturaleza, el hábitat común de unas especies con otras, y hasta en los
absolutismos de los imperios -como el del Inca o el Azteca- no se hace
nada sin consultar con la naturaleza -ya los emperadores sabían que algo
extraño y malo estaba por suceder, las estrellas se lo habían
anunciado-. El Munay -espíritu- que los mueve, es el de la naturaleza;
hacía allá se dirigen todas sus manifestaciones folclóricas. Esas son
las características del hombre del Sur, del nariñense, heredero de
Pastos, Quillacingas y Abades, con una fuerte influencia Incaica. Y es
que una de las características de estos pueblos del sur, es tomar a esta
zona como centro de confluencia de los pueblos del norte de la lengua
Chibcha-, con los del sur y el oriente predominantemente Quechuas y
Quichuas, y del occidente con los pueblos costeros de Tumaco y toda sus
influencias -inclusive del pueblo Maya-, de allí la importancia vital
dentro de su propia cosmogonía, dichas influencias se ven claramente en
sus cerámicas, que como reconocen Arqueólogos como María Victoria Uribe,
Felipe Cárdenas, Gilberto Ordóñez, entre otros, van desde los pueblos de
San Agustín en Colombia, hasta los del Ucayali en el amazonas peruano.
Lo curioso, es que este sentimiento se ha cristianizado bajo la forma de
peregrinaje, de allí la importancia de lo sagrado en la peregrinación de
septiembre al santuario de la Virgen de Las Lajas, a cuya fiesta llegan
desde los cuatro puntos cardinales: Cauca y Valle; Putumayo y Caquetá;
Ecuatorianos de todos lados; y de Ricaurte, Piedrancha y hasta Tumaco.
Es decir confluyen Paeces y Guambianos, Otavalos y Cotacachis,
Sibundoyes y Kamsas, Awas y Pastos, según testimonios orales, el
santuario está emplazado en un lugar en el que hoy en día, identifican
como un tianguis, un centro de intercambio comercial [3], pero que como
veremos más adelante, es mucho más que eso.
Es verdad sabida, pese al intento de muchos historiadores de
desvirtuarla, que el Imperio Inca extendió sus dominios hasta el actual
departamento de Nariño y Putumayo, correspondiente a la parte que
denominó Chinchasuyu. Muchos plantean que éstos no llegaron, bien sea
por la pobreza de esos territorios, lo que más bien representaba una
carga para el imperio mismo [4]; y otros alegan que las resistencias
militares de Pastos y Quillacingas doblegaron la voluntad del imperio de
extenderse hasta estos territorios [5]. Más bien, cabe señalar que
cuando Huayna Cápac visitó nuestros territorios sureños, enfermó y murió
en Quito, 1525, desembocando una división del imperio entre los Incas y
los Quitus, y sobreviene después la sabida división fratricida del
imperio, entre Huáscar, hijo legítimo de Huayna Cápac, y el quiteño
Atahualpa, y como si esto no bastara, recordemos que ya para estas
calendas los invasores españoles, al mando de Pizarro para este caso, ya
habían emprendido la conquista del territorio peruano, apresando a
Atahualpa y luego asesinándolo en 1533. Estas y no otras son las causas
de que el imperio no se hubiese cimentado realmente en los territorios
del sur de Colombia. Autores como J. M. Pacheco, le dan una extensión
mucho más amplia al influjo del Imperio Inca: El territorio que ocupaba
la vasta monarquía de los incas se extendía hacia el norte del Cauca,
uno de los estados de la hoy República de Colombia, hacia el sur el río
Maule que separa la frontera meridional de Chile del país de los
Araucanos, al oeste tenía el Océano Pacífico por límite y al este
comprendía todas las regiones transandinas, encerrando las Pampas de
Sacramento, las fértiles regiones del Amazonas y las demás que se
extienden hasta el imperio del Brasil: inmenso territorio que sube a la
enorme cifra de 6 millones de kilómetros cuadrados [6], es decir que su
influencia se riega más allá de lo propiamente imaginado. Además, los
propios Cronistas, como Cieza de León, hablan del famoso y celebérrimo
Camino del Inca, que comunicaba a la Capital del Imperio con sus límites
septentrionales, el cual llegaba hasta Huaca e Ipiales, otra muestra
fehaciente de los ánimos de integración del Imperio Inca con nuestros
pueblos Pastos y Quillacingas. No quiero con ello desconocer la grandeza
de Pastos, Quillacingas, Abades, y de todos nuestros primigenios
pobladores, todo lo contrario, siempre una loa a su fuerza, a su
singular cosmovisión, a la resistencia de Capusigra y Tamasagra, a la
riqueza mágica de sus muestras orfebres, cerámicas y textiles, a sus
costumbres, a sus usos, a su propia lengua; sin embargo, es necesario
reconocer que también tuvieron una seria influencia Incaica, como aquí
se está demostrando.
Esto se deduce, además, de las múltiples visiones que los cronistas
hicieron de nuestras tierras, quienes tuvieron serias limitantes para
comprender la realidad del momento, como son el desconocimiento de las
lenguas nativas, y con ello de la verdadera sociocultura al momento de
su llegada, máxime cuando todo rastro de su historia fue saqueado,
borrado, olvidado, cuando no destruido y quemado. Así que las Crónicas
de Indias, al respecto, poco o nada nos dicen de lo que realmente fue el
periodo prehispánico, su base es la conjetura y a ella debemos
atenernos, así no lo hacen saber Groot de Mahecha y Hooykaas cuando
tratan sobre la delimitación de Incas - Pastos y Quillacingas, siguiendo
a los citados Cronistas: No se ha encontrado hasta dónde se extienden
1300 leguas desde el río Maule hacia el norte (cosa extraña que Lunardi
no menciona, y menos elabora, este dato en su busca del verdadero río
Angasmayo), pero, es notorio que los límites septentrionales del imperio
incaico quedan confusos en las referencias de Cieza de León.
Si
señoreaban desde Pasto (que él mismo tiene en territorio Quillacinga),
¿cómo tenían sin provecho la región de los Pastos, un territorio que se
extendía a través de la cordillera entre el río Chota y Pasto, pero si
tenían fortalezas y un camino dentro y por la mitad del territorio
Pasto? [7]. La pregunta sigue sin respuesta. Hasta el momento, entonces,
se tienen las siguientes hipótesis frente a la llegada del Quechua a
nuestros territorios: Una primera, que anota que llegó mucho tiempo
atrás, incluso unos seis mil años antes de la era cristiana; otra, que
llegó con la expansión incaica de los siglos XV y XVI [8]; y una
tercera, que apunta que su extensión se debió gracias a los Yanaconas y
Mitimaes que llegaron con el Inca, y que además se difundió gracias a
que los conquistadores españoles la declararon lengua franca para la
cristianización de estos territorios. Además, la confusión se ha dado
también porque el idioma que se ha transmitido obedece más al del
Quechua del Perú que al Quichua del Ecuador, María Clemencia Ramírez de
Jara, Directora del Instituto Colombiano de Antropología e Historia de
Colombia, apunta al respecto: Romoli apunta a la diferenciación entre el
quechua peruano y el dialecto quechua ecuatoriano, lo cual induce a
pensar en primera instancia, que estos grupos de habla quechua nativo
que convivían con grupos Quillacingas, podrían provenir de la expansión
Inca propiamente dicha, anterior a la conquista española, o deberse a
migraciones provenientes del Ecuador ya sea del norte o del oriente. Sin
embargo, la diferenciación que se hace entre la lengua de Cuzco y el
dialecto ecuatoriano o lengua de Quito, nos lleva a plantear también la
posibilidad de que se dieran migraciones escalonadas de grupos que se
trasladan desde el Perú, permanecen en el Ecuador y de allí llegan al
suroccidente de Colombia [9], además: nuevas investigaciones fortalecen
la hipótesis de que mucho antes -de la llegada de los españoles- ya se
hablaba no sólo por influencia, sino porque muchos grupos o pueblos de
habla Quichua entraron a formar parte de la identidad étnica, la
organización y la vida de estas comarcas [10], y a probar esta última
hipótesis está encaminado este estudio.
La mejor forma de dominio es la de la expansión cultural; así lo podemos
apreciar en el sincretismo que se originó entre nuestros pobladores
primigenios y los Incas, a más del desconocimiento de las lenguas por
parte de los misioneros, quienes optaron, por facilismo o pereza, por
imponer una sola lengua en un gran territorio poli-lingual. De la lengua
Pasto, lastimosamente, poco o nada se sabe al respecto, los estudios se
refieren a los pocos topónimos y antropónimos que algunos estudiosos han
rescatado, y se trae a colación el desafortunado hecho de que en el
Sínodo de Quito de 1593, el Obispo Luis López de Solís ordenara la
traducción del catecismo al Pasto y Quillacinga, sin que se hubiese
llevado a la práctica. Investigadores como Loukotka lo ubica en el grupo
Barbacoa de la familia Chibcha; González Suárez indica que entre los
Pastos estuvieron presentes el Cuaiquer, el Muellamués, el Páez, el
Colorado y el Cayapa; y otros aducen que es lengua de filiación macro
Chibcha y Arawak, llegadas por la vía de las lenguas serranas y costeras
con cuyos pueblos se desarrolló una fuerte comunicación intercambio y
comercio [11]. A la dedicación del Hermano Lasallista Nicolás Abásolo,
debemos una aproximación al primer diccionario de lengua Pasto,
lamentablemente poco difundido y por ende es un trabajo casi que
desconocido.
Esto hizo que desaparecieran los dialectos Pasto y Quillacinga, hasta
imponerse el idioma de los españoles, y quedar finalmente sólo unos
cuantos rezagos del idioma del imperio Inca en nuestro departamento de
Nariño, los elementos lingüísticos sobre impuestos en la toponimia
existente, constituyen capas diacrónicas: en general la capa española ha
sido la última. En le territorio Quillacinga, por ejemplo, se encuentra
la capa del Quechua, que se sabe, gracias a las fuentes históricas, que
es poco anterior a la capa española. Esta capa también se puede aislar,
porque existe la documentación de la lengua quechua, en forma de
descripciones lingüística y diccionarios, aunque las formas híbridas
-como Babayaco- ya empiezan a complicar la situación. Lo que dificulta
la investigación de las capas anteriores al Quechua, es la carencia de
descripciones lingüísticas y vocabularios aún en los idiomas indígenas
vivos [12], esto lleva a pretermitir nuestro propio pasado lingüístico,
toda vez que no existen aun estudios que nos permitan identificar las
lenguas originarias de nuestro territorio, y con ello todas sus
implicaciones socio-culturales. En el trabajo de Groot y Hooycas, quizá
uno de los más detenidos y científicos de los últimos tiempos sobre
nuestros ancestros autóctonos, se resalta una y otra vez la presencia
del Imperio en nuestro territorio, se exponen diversas tesis: la llegada
por la región del Pun, el límite en Rumichaca, su expansión hasta el río
Angasmayo..., todas ellas sin embargo cargadas de conjeturas, las
propias de un origen confuso, sin que las autoras lleguen a una
conclusión. Hay autores que van más allá, y creen que verdaderamente si
hubo una conquista como tal del Imperio Inca al pueblo Pasto:
Procedentes del sur llegaron los primeros conquistadores: los incas.
Invadieron el altiplano nariñense. Ocurrió durante el gobierno de Huayna
Cápac quien reinó entre 1493 y 1525. Los Pastos resisten. Presentan
batallas; en ella muere el general inca Cunti Mollo. Los Pastos son
sometidos por los invasores. Entran a formar parte del Imperio austral.
Quedan adscritos a la provincia inca de Hutunllacta, parte de la región
del Chinchasuyu. Su capital era Quito. Los incas traen llamas y curíes.
Las llamas desaparecen. Quedan los curíes actualmente muy apreciados en
la culinaria de la región. Introducen el quechua, idioma del imperio,
con el cual infiltran el idioma nativo, “pacifican” el territorio; los
incas, como los romanos, fueron formidables ingenieros, militares y
civiles. (...) El Imperio alcanza su máxima extensión a finales del
siglo XV. Los Pastos quedan como enclave inca en el extremo norte. Deben
pagar tributo [13]. Sin embargo, después de una lectura detenida, se
encuentran múltiples referencias a nuestro tema de estudio, el del
Quechua como una lengua que definitivamente existió en nuestro
territorio antes de la llegada de los españoles, bien sea traído por
mitimaes, por reductos de incas del Ecuador que huyeron del imperio y
llegaron a nuestros territorios, etc., etc., la conclusión es que el
Quechua llegó a nuestro departamento, y que esa fue una manera de
expansión y de permanencia del Imperio Inca en nuestros departamentos de
Nariño y Putumayo.
Hoy por hoy, en el territorio de Aponte se habla el inga -quechua-,
además del influjo del quechua ecuatoriano, toda vez que es territorio
de frontera, con todas las implicaciones de intercambio que ello puede
suscitar. Luís Fernando Calero así lo acota de manera tangencial: la
influencia Inca se difundió hacia el norte en forma más débil entrando
en Nariño, situación que se refleja en la terminología Quechua, en los
productos agrícolas y la tecnología y en algún grado en la organización
social [14], sin embargo el autor se contradice en sus apreciaciones,
toda vez que tiene como tesis principal el límite entre Incas y Pastos
en el puente de Rumichaca - a luz de los entendidos, teoría que aun no
se ha podido comprobar -, desconociendo, sin embargo, el influjo del
idioma y de la cultura, dice primero: La influencia Inca en el sur de
Nariño parece haber sido débil, pero en el mismo párrafo se contradice,
cuando agrega: La existencia hoy de algunos grupos de habla Quechua en
la parte occidental del valle del Sibundoy (Santiago, Colón, San Andrés)
y en la parte alta del río Juanambú (Aponte), constituyen la herencia
más palpable de la influencia incaica en el lado colombiano. Estos
grupos parecen haber habitado las montañas de Nariño desde antes de la
llegada de los europeos y no fueron introducidos por los españoles desde
el Ecuador como frecuentemente se ha pensado. Por lo tanto es más lógico
pensar que la llamada población de Sibudoy llegó a Nariño durante la
expansión de Huayna Cápac hacia el norte y que estos fueron trasladados
luego por el visitador español (Valverde) a un punto más céntrico del
valle. El establecimiento de la aldea de Aponte en la hoya alta de
Juanambú es probablemente el resultado de un repoblamiento de uno de los
grupos que habla Quechua [15]. Luego ¿hubo o no influencia Inca en
Nariño? El mismo autor parece darnos la respuesta: si la hubo. Pero las
características del habla Quechua de estas regiones, corresponden más a
la morfología del Quechua hablado en Perú y Bolivia, más que por una
influencia directa del Ecuador. Si esto es así, es una prueba más de
dominio cultural de un pueblo sobre otro, ¿acaso estos pueblos no
corresponderían a mitimaes enviados por Guayna Cápac para la rápida
asimilación de las poblaciones recién conquistadas, en este caso de
Pastos y Quillacingas?, esta tesis la recoge Guevara Corral: Este grupo
-hablando del pueblo Inga- también se ha clasificado como uno de colonos
enviados desde el centro del Imperio a las zonas recientemente
conquistadas, para civilizar a los nativos y colaborar en su control,
porque otros fueron los que conformaron guarniciones fronterizas que al
cesar la expansión imperial tendieron a convertirse en asentamientos
permanentes, otro fue el de los cultivadores, especialmente en técnicas
agrícolas particularmente de riego, enviados a regiones escasamente
pobladas, para incrementar de modo especial, la producción de maíz y uno
más que fe la de los rebeldes, poblaciones conquistadas y que eran
utilizadas en tareas muy variadas [16]. Insisto que la presencia de
voces quechuas en nuestro diario vivir, es la aseveración más fehaciente
de la presencia del imperio en nuestra región sureña, de voces
toponímicas que aun sobreviven y forman parte de nuestro mundo, en
nuestros decires comunes, en toponimias de ríos, valles, regiones,
animales, plantas, y mucho más.
Así las cosas, y como lo hemos mencionado en el primer aparte de nuestro
escrito, del termino cultura forman parte integrante el cultivo y el
culto, dos poderosísimas razones de existencia misma de nuestros pueblos
incaicos; así lo atestiguan cronistas e investigadores, antropólogos y
sociólogos, que no dejan de estar asombrados ante esa religación que une
en el este pueblo a dios-hombre-tierra. El hombre del sur tiene una
relación directa con la naturaleza, siendo posible en ella misma
encontrar las fuerzas sobrenaturales, los espíritus que animan su propia
existencia, la fuerza cósmica vital recibe el nombre de sinchi en
quechua. Esta corriente de vida abarca todo el universo y por lo tanto
es compartida por hombres y mujeres, animales y plantas, suelo, agua,
ríos, lluvia, quebradas, cerros, piedras, vientos, nubes, neblinas,
montes, bosques, y así, sucesivamente [17]. No es simplemente casualidad
que las principales fiestas religiosas, coincidan con las épocas de
fecundidad agrícola -siembra, cultivo y cosecha-, con ofrendas, hoy
cristianizadas, que demuestran un ritual de agradecimiento a los dioses
tutelares de la naturaleza -el Sol, la Luna, las lluvias, los astros-,
transformando a éstos en los dioses locales, de los que ya se hizo
mención, como son los frutos de estos desvelos. De vital importancia
para nuestros pueblos son las fiestas patronales, en donde hay oculta,
gracias a la mano poderosa de la religión católica, todo una expresión
de auténtico sentimiento terrígeno fundacional, así las fiestas de San
Pedro y San Pablo, el Corpus Christi, que son fiestas netamente
agrarias, así como de rituales de iniciación. Mamián Guzmán, en el
trabajo ya mencionado, identifica unas fiestas de cobertura macro, como
las de la Virgen de las Lajas (16 de septiembre [18]) y la de la Virgen
de Iles (primer domingo de octubre); fiestas comunales, como las de San
Bartolomé, San Juan, San Diego, en Muellamués la fiesta de la Inmaculada
Concepción (8 de diciembre) fiesta de las solteras y la de San Juan
Bosco (31 de enero) para los solteros; y finalmente las fiestas
veredales y sectoriales, en honor a los patronos de cada sector. Como se
ha dicho ya anteriormente, hay un sincretismo entre el catolicismo y las
creencias de Pastos y Quillacingas, desdibujado bajo el pretexto de
adoración a las imágenes impuestas por los doctrineros, el sabio Miguel
Triana así lo intuye de manera testimonial: Los indios no reconocen más
festividades que las del calendario católico y que profesan con báquica
pasión por el culto a las imágenes, al que se consagran con placentero
paganismo. La alegría de los indios no obedece sino a dos estímulos: el
licor y las procesiones.
(...)
Alegres van los rústicos a pagar sus
promesas anuales al milagroso santuario -no dice a La Virgen-, donde
parece que se dieran cita con sus hermanos vecinos del vecino Carchí.
(...) Tienen, pues, los Quillacingas modernos el amor de su terruño en
la fertilidad y en el sagrado de su santuario: lo demás nada les importa
por ahora, abstraídos como viven del régimen social que los rodea [19],
es usual que los peregrinos indígenas acompañen las fiestas con la
celebérrima chicha, ritual ancestral autóctono, en un espacio, que como
queda dicho, es el epicentro de los pueblos de la región, además no
sobra recordar que a escasos metros del santuario, sobre la margen
derecha del río Guáitara, en el municipio de Potosí, está el pictograma
conocido como Piedra de los Monos, de unos 4 m. de largo por 6 m. de
ancho, dibujado en colores rojo, negro y amarillo, parece haber sido un
sitio de reunión importante, de Culto a los dioses tutelares, los
pictogramas allí dibujados merecen un verdadero estudio, quizá algún día
se pueda desentrañar el lenguaje cifrado que encierra. De Potosí cabe
resaltar que a la llegada en 1585 de Fray Moreno de Zúñiga y Diego
Benavides, religiosos Dominicos, encomendados por el Obispo de Quito
para hacer la consabida traducción del catecismo al Pasto y al
Quillacinga -que nunca hicieron-, mandaron a inspeccionar la otra orilla
del río Guáitara -conocido también como Pastarán-, en donde se avizoró
que había un pueblo, con sembrados de papa y maíz, además notaron que
estos hablaban la lengua del Inca, y a quienes se identificó como pueblo
de los Pastos. No es raro que se escogiera este sitio de culto indígena,
para opacarlo imponiendo muy cerca un santuario católico, mariano por
demás, toda vez que estos pueblos representaban a la tierra, La Pacha
Mama, como una diosa de suma importancia en su sentimiento religacional.
Lo importante, como queda dicho, es que el pueblo entreteje en el ritual
católico el ritual de sus propias creencias, el de sus ancestros; de
allí la importancia de los llamados fiesteros, todo una institución en
el marco referencial de donde se mueven, estos deben ser verdaderos
anfitriones de toda la localidad, siendo gestores de las reuniones donde
se congrega toda o gran parte de la comunidad; hay un ritual en el
servicio de la mesa, por parte del anfitrión al comensal -esto lo vemos
claramente en las primeras comuniones y bautismos de nuestros
campesinos- en donde el maíz, la papa, la quinua, y toda esa rica
variedad de tubérculos que se dan en nuestros campos, se convierten en
dioses locales, y en ofrenda para los hombres que se respeta, se quiere,
se ama, y en ofrenda misma para las grandes deidades. Así, la comida se
convierte en un ritual social, es la manifestación pura en donde el
hombre se siente parte integrante de la comunidad, no en vano la
denominada Minga, que es el nombre que se le da al trabajo colectivo en
búsqueda de un bienestar común: la Minga era convite fraternal para un
trabajo: siembras, cosechas, compostura de acequias y caminos,
construcción de casas, templos y palacios. Los trabajadores no recibían
pago alguno, pero se les distribuía en forma gratuita y abundante:
comida y bebida fermentada hecha de maíz [20], tomando así un carácter
casi festivo, donde se mezcla el trabajo colectivo serio, y el convite
como forma de agradecimiento por la labor hecha.
Pero la manera mejor de agraciar a los dioses, al convite con los seres
queridos, respetados y apreciados, es el singular cuy, de origen
incaico, se consume en Perú, Ecuador, Bolivia y el sur colombiano,
Nariño especialmente, he aquí otra manifestación socio-cultural del
incaico en nuestra región, tanto así que fue el alimento, junto con el
venado, de los Conquistadores colombianos, como lo anota Vidal Pulgar
[21], es decir que desde antaño ha sido plato suculento, bien apreciado
por sus valores nutricionales; además, como bien lo dice María Eugenia
Apráez Villota: el cuy, nuestro plato típico por excelencia, es de
tradición incaica, es el símbolo de la fertilidad y por ello, era el
plato de las bodas indígenas. Algo nos quedó de la conquista del Imperio
del Sur [22], así, Presidentes, Gobernadores y hasta los Príncipes
Borbones que nos han visitado, han sido atendidos con nuestro cuy asado;
el folclorista peruano Javier Pulgar Vida nos trae este curioso cuanto
detallado relato: Seamos honestos. Si en Europa comen madres de caracol,
trufas, erizos y calamares, en Arizona culebras, cangrejos en todas
partes. ¿Por qué los Pastos no han de comer cuyes? El cuy es como un
conejillo o una rata de monte. Todo depende de la escogencia que usted
haga al sentarse a la mesa para comérselo: si rata o conejo. En Ipiales
se encuentra la mejor casa del mundo para comer cuy. Mejor que en Quito:
los animales se guardan vivos en la cocina -como truchas en Suiza, como
langostas en Niza - Usted puede escoger el suyo: la cocinera, con un
tino el macho, de un garrotazo en la cabeza lo mata, le mete un rústico
chuzo por el hueco trasero y lo saca por la boca. En este asador lo pone
a dorar en las brasas con un arte exquisito. Cuando llega el momento, a
la mesa. En el palacio de los cuyes de Ipiales, se como con los dedos, y
al salir, está en los rincones del patio florido los lavamanos o
aguamaniles para terminar la faena después que nos hemos chupado los
dedos a manteles [23]. En Ipiales, donde se prepara el mejor cuy del
mundo, en el tradicional barrio El Charco, se acompaña con papas
cocidas, ají de huevo y se sirven los sungos con canguil -maíz pira-; en
Pasto, bien en los ejidos o en la ciudad misma, se acompaña con papas,
ensalada de lechuga y tomate, además del ají de maní; y en las zonas
llamadas del guaico, se acompaña con yuca. Es un verdadero ritual tanto
la preparación como el servicio, no a cualquiera se le agasaja con cuy,
ni tampoco es comida de todos los días, sólo en aquellas calendas de
festividad familiar o celebración popular, se escogen los mejores cuyes,
criados al calor del hogar, literalmente hablando, pues se crían en las
cocinas de piso de barro, en donde los animales se abrigan al calor del
fogón, para pasar a prepararlos mediante recetas ancestrales que
celosamente guardan en cada región y lugar; además, ha sido cantado por
nuestros poetas, del bardo ipialeño repentista de mayor significación,
Florentino Bustos Estupiñán, este romance:
De nuestro charco lajeño,
¡oh Clemencia sin rival!
Te envío sabrosos cuyes
a tu gusto y paladar.
Preparados con esmero:
con cebollas, ajo y sal;
por Mercedes de Rosero,
nuestra técnica sin par.
Los cuyes ajusticiados,
comprados en Yaramal
te reservan muchas proles
si regresas a tu hogar.
Acepta fervorosa Negra
mi presente sin igual,
los remito con Oliva,
vuestra prima de Panán.
Y recuerda Inés Clemencia
a tu terruño natal,
do vive tu amante loco,
siempre loco, ya de atar… [24]
En algunas zonas del departamento, las fiestas de junio y julio
-coincidentes con el solsticio de verano-, se realizan rituales
prehispánicos para celebrar la fertilidad de la Pacha Mama -así se hace
en Anganoy, Genoy, Jongovito y Obonuco, con las consabidas Guaguas de
pan, que se apilan junto con los frutos de la tierra, formando
castillos, cuya forma recuerda además las Pucaras - Sobre un armazón
hecho con maderas se colocan frutas, enormes rosquetes, panes y otros
alimentos, con el propósito de rendir culto a la feracidad de la tierra
-, típicas del festival de Tarabuco, Chuquisaca, -llamada también la
Nación Queschwa- en Bolivia, ambas coincidentes en ser verdaderos
ceremoniales de agradecimiento a la Pacha Mama. Las fiestas
cristianizadas, sobre todo en ésta fecha cosmogónica tan importante, que
ocultan bajo las advocaciones de San Pedro y San Pablo a los verdaderos
dioses tutelares telúricos andinos, son ocasión para ofrendarlos desde
la tierra: en Ospina, en Sapuyes, en Funes las mojigangas se integran a
la celebración de San Pedro con una coreografía desarrollada por un
colectivo de danzantes varones, ataviados con una curiosa parafernalia
de atuendos femeninos [25]; rituales parecidos a los de los andes
peruanos, donde los hombres visten de mujer y corren grandes distancias
para hacer las ofrendas de la coca. Así mismo, en las fiestas del Gallo
Pitini, en Males -Córdoba-, los danzantes hacen ofrendas de chicha a la
tierra antes de iniciar su ritual sagrado, en un apaciguamiento a las
deidades malignas, hoy fiestas en honor a San Bartolomé que se celebran
a finales de Agosto, en donde confluyen los elementos de la tierra en
armonía con el sentimiento cósmico que aun sienten sus habitantes.
Además, la carencia de un lenguaje escrito, como lo es el quechua, nos
permite reconocernos en nuestros gestos, en nuestro cuerpo, tenemos así
un lenguaje del cuerpo, en la crítica que Borges hace del lenguaje, y
que Gutiérrez Girardot tan finamente recoge, encontramos elementos que
recuerdan nuestra herencia lingüística ancestral: de cuanto se comunica
o se pretende comunicar, poco o casi nada se conserva en la memoria. La
voz, los ademanes, los rostros, los silencios y las pausas, el marco en
que cobra vida la comunicación, no quedan registrados en el lenguaje
escrito que pretende fijarlos. Y sin embargo, son la clave de la
existencia, Borges ha escrito: en mi corta existencia de narrador he
comprobado que saber cómo habla un personaje es saber quien es, que
descubrir una entonación, una voz, una sintaxis peculiar, es haber
descubierto un destino [26], de ahí la particularidad de nuestro modo de
hablar, nuestra cadencia, nuestro modo casi taciturno de exteriorizar
nuestros sentimientos, aun los más alegres y festivos; nuestro modo de
hablar, nuestro acento, nos identifica en la nación, de ahí nuestra
singularidad; empleamos permanentemente el diminutivo, como una forma de
expresar un sentimiento especial o de respeto hacia lo que nos
referimos, es la manifestación externa de apropiación del entorno, el
permanente ito o ita, delata en nosotros el sentimiento de amor por lo
propio, por lo que más amamos: la tierra y la familia, y de ninguna
manera puede hacer referencia a un sentimiento de inferioridad, fruto
del estado de subyugación, si esto fuera así, todos los pueblos
conquistados tendrían una permanente referencia a los diminutivos. Así,
tenemos los nariñenses un lenguaje de representaciones antes que de
signos, una representación no es solo la reproducción de una imagen o de
un acontecimiento. El propósito de buscar en ella la fuente de la
riqueza expresiva de un lenguaje, apreciado aquél a partir del objeto
que quiere expresarse, es decir, del cosmos innumerable, insinúa también
el sentido que la palabra tiene en el lenguaje teatral: representación
de pensamientos y hechos [27], pero nuestro histrionismo está unido en
el tono de voz, bajo, casi que escondido en los silencios, el nariñense
no grita, hasta para insultar emplea su cadencia singular, casi que
cantada, Tienen un sabor y sonorización especial, a veces una
imprecisión vocálica, una singular connotación si son usados por los más
genuinos representantes locales, en un lugar específico, en una
circunstancia determinada. Permiten recrear una especie de complicidad y
simpatía en la interlocución, o son un recurso para burlarse de los
otros [28], entonación, léxico y sintaxis tan particulares, que permiten
ser nuestra verdadera carta de presentación, a través de los cuales
expresamos nuestra expresión vivencial, manifiesta a través de un
dialecto que expresa timidez, introversión e ingenuidad, como lo anota
Carlos Santacruz en el citado Diccionario de la Lengua Pastusa, y que
como hemos visto, es el sincretismo de un pueblo forjado en la historia
de los pueblos Pastos y Quillacingas, alimentados con la experiencia
sustancial del pueblo Inca.
De allí la singularidad de nuestras costumbres, de nuestra cadencia en
el hablar, hechos patentes que nos vuelven singulares dentro de la gran
gama de folclor que existe en nuestro territorio colombiano,
definitivamente, como lo cantó Arturo,
Te hablo de una voz que me es brisa constante,
en mi canción moviendo toda palabra mía,
como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan dulcemente,
toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.
De esa brisa constante es de la que he hablado en este ensayo, de una
expresión colectiva trascendida en su forma de hablar, de un lenguaje
manifiesto en nuestros modismos, acentos y giros gramaticales. Nuestra
forma de hablar expresa nuestra forma de vivir.
CONCLUSIONES
Inconfundiblemente, hay un lazo fuerte de unión entre el Sur de Colombia
y lo que fuera el Imperio Inca, con una huella profunda en nuestra
cultura ancestral, siendo la lengua Quechua un eje central en la
construcción de nuestra identidad integracional con los países del sur
del continente, se hace necesario su estudio, además de la
implementación de un programa educacional que la integre como segunda
lengua en las áreas de influencia Quechua -Nariño y Putumayo-. Además,
frente a un proceso de globalización que nos es ya impuesto, se hace
necesario el afianzamiento de lo local, las estrategias integracionales
regionales, en nuestro caso con nuestros vecinos próximos, otrora una
sola nación, la de los Pastos, es decir con el norte ecuatoriano, que
como bien lo anotara Enrique Herrera Pantoja: Carchenses y Nariñenses
debemos romper las ligaduras de una delimitación político-administrativa
que vuelva a fraternizar nuestra ancestral integración en una sola
comunidad. Pastos y Quillacingas. Somos hermanos en la lucha.
Irreductibles en el campo de batalla. Alegres cuando respiramos el aire
libre de nuestras montañas, empecinados en compartir con volcanes y
nevados el panorama de ensueño y de ilusiones de ésta pródiga región
Andina, donde los ríos, las lagunas, nuestras Cochas, y cascadas
interpretan diariamente una cristalina melodía que surge desde el
prístino fondo de su plateado albergue, para remontarse con ímpetu, con
vehemencia por entre el arco iris de nuestros siderales cielos en una
región que está llamada a ser portaestandarte de la libertad, la
laboriosidad y la suprema extroversión de la alegría [29], afianzando
con ello lazos de integración cultural, social y económica, para
subsanar las múltiples carencias impuestas desde los modelos estatales
centralistas y excluyentes.
Los estudios sobre el Quechua nos llevarán, además, a intensificar los
estudios sobre nuestros dialectos Pasto y Quillacinga, a explorar las
palabras, expresiones, maneras y modismos que hemos heredado de nuestras
lenguas ancestrales, así como a un reconocimiento pleno de nuestro
propio entorno, descifrando o redescubriendo nuestras toponimias e
integrándolas a nuestro lenguaje común y de uso diario. En el nariñense
hay elementos de su cultura que nos remiten a una mirada cosmogónica
que, si bien es enteramente particular, obedece también a ese
hermanamiento del hombre prehispánico, de nexo profundo con el lugar
dónde se nace, con la tierra, con el entorno; además, hay elementos que
hablan de una herencia común de sentimiento mítico con los pueblos del
Sur, con Ecuador, Perú y Bolivia, todos con una clara y connotada
herencia Inca, a la cual nos preciamos también en pertenecer, sin
desmedro alguno de nuestra propia singularidad, de aquellas
características socio culturales que, como hemos visto a través de este
ensayo, nos hacen únicos en el marco de nuestro continente y del mundo
entero.
Bogotá, julio de 2007.
[1] Danilo Cruz
Vélez. De Hegel a Marcuse. Bogotá: Universidad Santo Tomás de Aquino.
Biblioteca Colombiana de Filosofía No. 3. 1986. Especialmente los
ensayos: III. La filosofía y la cultura (En torno a una pregunta de
Nietzsche) pp. 59-86, y VI El hombre y la cultura (En torno a Scheler y
Cassirer) pp. 127-164.
[2] Martín Heidegger, De camino al habla. Barcelona: Ediciones del
Serbal, 1997, p. 14.
[3] Germán Ferro Medina, La geografía de lo sagrado. Escenario para la
batalla, la circulación y la apropiación de signos. El culto a la Virgen
de Las Lajas. Bogotá: Universidad del Valle. Tesis para optar al título
de Maestro en Historia Andina, 1999. s.p. p. 32
[4] Waldemar Espinosa Soriano, Los Cayambes y Carangues: Siglos XV-XVI.
El testimonio de la etnohistoria. Otavalo: Instituto Otavaleño de
Antropología, 1993.
[5] Eduardo Zúñiga Erazo, Los Incas en el Sur de Colombia. - Época
Prehispánica- .En: Raíces Históricas. Memorias del Encuentro
Internacional de Historia verificado con motivo de los 450 años de
Pasto. Pasto: Academia Nariñense de Historia, 1987.
[6] Citado por Marcos Puga. En: La ecuación espacio-tiempo histórico del
Perú pre-incaico. México: América Indígena, Vol. IX, No. 4, 1949.
[7] Muchas de estas conjeturas son analizadas con cierto detenimiento
por Ana María Groot de Mahecha - Eva María Hooykaas, Intento de
delimitación de los territorios étnicos Pastos y Quillacingas en le
altiplano nariñense. Bogotá: Fundación de Investigaciones Arqueológicas
Nacionales, Banco de la República, 1991, p. 32.
[8] Galo Ramón, La Resistencia Andina, Cayambe 1500-1800. Quito: Caap,
1987. - Louisa Stark, Historia y distribución de los dialectos Quichuas
en la sierra ecuatoriana. Quito: Pontificia Universidad Católica del
Ecuador, 1973.
[9] María Clemencia Ramírez de Jara, Frontera fluida entre Andes,
Piedemonte y Selva: el caso del Valle de Sibundoy, siglos XVI-XVIII.
Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, 1996.
[10] Doumer Mamián Guzmán, Los Pastos. En: Geografía humana de Colombia.
Región Andina Central. Tomo IV - Volumen 1. Bogotá: Instituto Colombiano
de Cultura Hispánica, 1996. pp. 11-118. (Subrayado nuestro).
[11] Ídem. p. 20
[12] Ídem. p. 47
[13] Alberto Mendoza, El mundo de los Pastos. El Espectador, mayo 21 de
1978. En: Aportes y documentos para la historia de Ipiales. Bernardo
Andrade T. Ipiales: Editorial Andina, 1998. pp. 166-168.
[14] Luis Fernando Calero, Pastos, Quillacingas y Abades -1535-1700.
Bogotá: Biblioteca Banco Popular, Colección Textos Universitarios, 1991.
p. 35.
[15] Ibíd. pp. 36-37 (Subrayado nuestro).
[16] Rubén Darío Guevara Corral, La mujer Inga -Proyección Histórica,
Genérica y de Identidad Cultural. Bogotá: Gerardo Rivas Moreno, Editor,
1997. p. 38.
[17] Eduardo Grillo, Cosmovisión Andina y Cosmología Occidental Moderna.
Lima: Pratec, 1980.
[18] Es curioso resaltar que en septiembre, los Incas celebraban la
fiesta de Coya Raymi (festejo de la reina) Era la fiesta de la Luna,
reina y esposa del Sol. La celebraban todas las mujeres: la coya real,
las princesas y las gentes del pueblo. En: Arturo Pazos Bastidas. Normas
de derecho aborigen. Pasto: Gobernación de Nariño, 2001. p. 109.
[19] Miguel Triana, Por el Sur de Colombia. Paris: Garnier Hermanos,
1907. p. 59.
[20] Arturo Pazos Bastidas. Ob. cit. p. 69.
[21] Vidal Pulgar Vidal, El curí o cuy. Bogotá: Ministerio de
Agricultura, 1952.
[22] María Eugenia Apráez Villota, De nuestra cocina y sus sabores. En:
Equinoccio, Revista de Arte y Cultura, No 2, Pasto, julio de 2001. pp.
32-33.
[23] En: Jorge Luís Piedrahita, La fuerza de la patria. Bogotá:
Ediciones Jurídicas Gustavo Ibáñez, 1997. pp. 45-46.
[24] J. Mauricio Chaves Bustos, Recopilación poética del Poeta Bustos.
Ipiales, 1993. s.e.
[25] Javier Vallejo Díaz, Las guaguas de pan, folclor con sabor a
levadura. En: Equinoccio, ob. cit. pp. 28-30.
[26] Rafael Gutiérrez Girardot, Jorge Luís Borges - El gusto de ser
modesto-. Bogotá: Panamericana Editorial, 1998. p. 26.
[27] Ídem. p. 36.
[28] Julián Bastidas Urresty, El diccionario de Lengua Pastusa,
testimonio de amor a la tierra natal. En: Equinoccio, Revista de Arte y
Cultura. No. 9, Abril, 2006. Pasto. pp. 10-11
[29] Enrique Herrera Enríquez, Integración geopolítica colindante al río
Carchi. En: Revista de Historia, Academia Nariñense de Historia, Volumen
IX, No. 67-68. Pasto, 2001. pp. 49-61.
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