Vengo desde lo eterno
y desde el tiempo
desde la pura luz y la terrible noche
desde la nada y desde lo concreto
desde el silencio y de la algarabía
(Luis Alfonso Obando)
Los tenientes
Marcelino y Miguel Narváez Guerrero,
precursores de la lucha libertaria,
siembran la esperanza de un pueblo que
ha amado la independencia desde los
albores de la parcialidad indígena,
cuando el Cacique Ipial organizaba la
resistencia en la Loma de Zuras, en
Chacuas, en Yarumal y Cutuaquer.
Francisco Antonio Sarasti verdadero
precursor de las ideas justicieras e
independistas de América colaboró a los
nativos en sus luchas clandestinas,
combatió los impuestos que su pariente
Francisco Rodríguez Clavijo ordenaba a
los naturales de Yapueta y el Cuncún. La
rebeldía continuó sin descanso. Ipiales
fue la cuarta población en América en
dar el grito de independencia en el año
de 1810.
Las visitas de
Bolívar reforzaron el clamor emancipador
de los ipialeños. En una de ellas, el
doce de junio de 1822, durante el
extraordinario agasajo su figura se
perdía entre la multitud que se botó a
las calles a saludar al hombre más
grande de América. La portentosa
caravana impedía avanzar. Su guardia
personal no pudo controlar los
repetitivos abrazos. Bolívar casi moreno,
brillaba con luz propia. En la noche se
efectuó el homenaje principal. La
señorita Josefina Obando en nombre de
las mujeres del sur, le cantó a Bolívar
y colgó sobre su cuello los laureles de
la victoria. Su gesto rebelde le costó
la vida cuatro meses después de la
despedida del Libertador, al ser
sacrificada en la Capilla de la Escala
por los reductos realistas comandados
por Agustín Agualongo que anegaron de
sangre este suelo. Josefina fue detenida,
sumariada - en menos de tres horas- y
fusilada. En el aciago lapso de ascenso
al patíbulo, envuelta en un
incontrolable temblor y a punto de ser
vendados sus ojos, la heroína entonó el
mismo canto triunfal que le dedicó a
Simón Bolívar. Tres disparos paralizaron
su joven corazón. Su ajusticiamiento
colmó de consternación al pueblo de
Ipiales.
El 21 de septiembre
de 1903 enterados del magnicidio del
General Avelino Rosas, acaecido el día
anterior a manos de los conservadores en
Puerres, los coroneles ipialeños del
partido liberal, Francisco Javier Vela,
Esequián Patiño, Marco Tulio Montenegro,
Plinio Herrera y Joaquín Montenegro,
viajaron a rescatar el cadáver del
máximo líder de la resistencia liberal
en el sur de Colombia. El cuerpo de
Rosas que aún muerto era ultrajado fue
traído a Ipiales -velado en casa de
Avelino Vela Coral- luego enviado a su
tierra natal Dolores Cauca que
posteriormente tomó el nombre de Rosas.
Los liberales
retuvieron el corazón lo envolvieron en
una bandera roja del Ejército
Revolucionario e inhumaron en el
Cementerio Central con honores militares,
discursos y aplausos de más de dos mil
ipialeños.
En el instante de
depositar el corazón del General Avelino
Rosas en la urna, Marco Tulio Montenegro
exclamó sorprendido: miren ipialeños el
corazón de mi general Rosas está
sangrando … y sigue palpitando.
Así es Ipiales:
rebelde y frío, sentimental y alegre, de
alcanfores y pan de leche, de Lucho
Casado y Teófilo Mera, de los Mártires y
de los Turcos, de Rumichaca y Chutún.
Del Cid, la Cultural Bolívar y San
Vicente. De Yanalá, San Marino y Puenes,
de Zuras y de Chacuas.
Es el pueblo sureño
en cuyas rocas vivas asentó vuelo el ave
más hermosa del universo: La Virgen de
Las Lajas, bellamente descrita por
Piedad Figueroa Arévalo:
La señora de los pies
alados
vino a sentarse en la piedra
que detiene el tiempo
sobre el río
Sus brazos se extienden
igual que las horas
en el día.
La señora
de los pies alados
no sabe que la luna
se esconde entre
los párpados de la noche
para detener
la ruta pertinaz
de la partida.