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PRIMERA PARTE
DIAGNOSTICO
1. DIAGNOSTICO DEL DEPARTAMENTO DE NARIÑO
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1.1
EJES TRANSVERSALES
1.2.2 Cultura
Nariño es una entidad sui generis en el concierto nacional. Sus rasgos
distintivos contrastan en su cultura, economía y sociedad, con los de otros
complejos del país como el antioqueño, santandereano o valluno, por ejemplo. Sin
embargo, la región tampoco es homogénea. Se distinguen, al menos, dos grandes
subculturas: la de la zona Andina y la de la llanura y costa del Pacífico. Desde
el punto racial la primera tuvo como bases la población indígena y la hispana
que, confundidas biológicamente, gestaron un nuevo tipo: el mestizo, elemento
que hoy predomina en la región. En ella sobreviven comunidades indígenas
agrupadas en resguardos con un reconocimiento y una audiencia política cada vez
más significativas. La segunda tiene un sustrato biológico Distinto: el negro,
cuya presencia está ligada a la minería de aluvión. Tanto racial como
culturalmente, constituye la impronta de la costa del Pacífico. Los ‘blancos’ y
los mestizos son franca minoría. Tres comunidades indígenas viven en la zona:
los awa Kuaiker, y los embera (eperara siapidara). Por efecto de los cultivos
industriales, el narcotráfico, la guerrilla y el paramilitarismo, la región ha
tenido una dinámica vertiginosa en los últimos años.
Una de las mayores fortalezas del Departamento constituye su diversidad étnica y
su carácter pluricultural. Las presencia de indígenas, afrodescendientes,
campesinos, mestizos, mulatos y blancos, con lenguas, dialectos y cosmovisiones
diversas, distribuidos en un área relativamente pequeña, le dan una dinámica
singular reconocida en Colombia. En conjunto
como fruto del análisis histórico y cultural en Nariño se observa, en el Siglo
XX, el tránsito paulatino de una sociedad dogmática y tradicionalista a una de
corte liberal, abierta a las nuevas ideas. Si bien aún predomina un fuerte
sentimiento religioso, la cosmovisión está alejada del espíritu confesional de
los tiempos pretéritos. El sacerdote, como líder espiritual y político al
servicio de los sectores dominantes, ha perdido preponderancia frente a la
comunidad; ahora contamos con una Iglesia comprometida con los humildes, con la
paz, la democracia y el progreso material de las gentes. De otra parte, las
élites señoriales que reclamaban superioridad por pureza de sangre y largas
extensiones de tierra ya no existen, en el nuevo escenario social los actores
han sido reemplazados por otros cuya valía se sustenta en factores de poder
distintos a la sangre y la tierra. La mujer, de arraigados patrones de sumisión,
dedicada al hogar, fiel, de valores marianos, sin mayor preparación, es cosa del
pasado; ahora compite con el hombre en todos los campos de la actividad humana
y, a nivel social, no sólo exige para sí las mismas prerrogativas del varón sino
que reclama su propio espacio y derechos que como mujer le corresponden. La
cultura parroquiana de antaño ha perdido su naturaleza trocándose en algo
disímil, nuevo, en el que prevalece el vigor del espíritu moderno.
En este proceso el primer remesón se sintió en 1932 con la construcción de la
carretera que unió al Departamento con el interior del país, gracias a las
necesidades que impuso el conflicto Colombo-peruano. A partir de este momento se
vivió un desarrollo lento, pero sostenido, que se mantuvo hasta finales de la
década del cincuenta. Luego vino una etapa de recesión reflejada en la caída
vertical de la participación de las industrias locales en el Producto Interno
Bruto departamental[1] y en la reducción del número de sociedades matriculadas
en la Cámara de Comercio. La apertura de la carretera Panamericana en 1970
constituyó un factor de progreso al que se sumó la reactivación del ramo de la
construcción gracias a las Upac. De ahí en adelante, con los altibajos que
implican la apertura económica, la globalización y los vaivenes de la economía
de frontera, Nariño ha venido sorteando su destino más cerca del atraso
económico que del progreso.
El cambio cultural ha sido jalonado no tanto por el progreso económico, cuanto
por dos agentes de naturaleza distinta: los medios masivos de comunicación y la
Universidad de Nariño. Si bien es imposible señalar de manera empírica hasta que
punto los medios modificaron el mapa cultural, sin duda los impresos, el
cine[2], la radio y la televisión contribuyeron de manera eficiente a romper la
vieja cultura y a modificar valores ancestrales. La Universidad, por su parte,
desde su fundación hasta este momento ha sido uno de los motores del progreso
económico, social, político e ideológico. Con la Universidad llegó a Pasto, en
los albores del siglo XX, el pensamiento científico y la técnica se puso a la
orden de las demandas sociales. Allí se formó y se forma la clase dirigente y en
su seno empezó la transformación de la mujer en su nuevo rol social y político.
Desde el punto de vista formal el impulso a la cultura en sus distintas
manifestaciones, se vio seriamente afectado con la reestructuración del
Departamento bajo los lineamientos establecidos en la Ley 550. Los trabajadores,
empleados y demás funcionarios de la Administración fueron reducidos en forma
drástica. En este proceso hubo necesidad de suprimir dependencias tan
importantes como la Casa de la Cultura y la Oficina de la Mujer. La cultura
quedó relegada a una oficina de segundo orden adscrita a la Secretaría de
Educación. Por ello, aunque hubo apoyo a ciertos procesos, no hubo un plan de
cultura propiamente dicho. Ahora se pretende establecer el Sistema Departamental
de Cultura como ente sistémico para trabajar en conjunto con las casas de la
cultura municipales y con organizaciones que la fomenten así sean de naturaleza
privada.
Frente a esta situación es pertinente elaborar una estrategia de desarrollo
humano que garantice la participación comunitaria (de manera especial de los
pueblos indígenas, campesinos y afrodescendientes) que apunte al desarrollo de
una mayor responsabilidad local frente a los procesos culturales y al compromiso
de la comunidad para avanzar en la superación de las debilidades que el sector
presenta.
En las actuales circunstancias que vive la región, caracterizada por el
incremento desmedido de la violencia, es necesario fomentar el espíritu de
tolerancia, de integración entre la sierra y la costa, lo mismo que los valores
de solidaridad y de paz.
Finalmente, es necesario señalar que los principios fundamentales de toda acción
es la organización la cual posibilita, entre otras cosas, la utilización eficaz
de los recursos disponibles y el óptimo logro de resultados, así como, el
trabajo en equipo con distribución de tareas y, por ende, la participación y
especialización. Sin embargo, el sector cultural no presenta esta forma de
acción y por el contrario la desorganización existente hace que cada agente
cultural trabaje en forma aislada, sin unas metas o un horizonte previamente
planeados. Con el sistema departamental de cultura se pretende trabajar en
equipo entre los entes locales, los gestores y el departamento.
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