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VIRGEN DE LAS LAJAS EN EL INTERIOR DEL
SANTUARIO, PINTADA SOBRE LA ROCA VIVA

SANTUARIO DE LAS LAJAS


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LA IMAGEN DE LA VIRGEN DE LAS LAJAS, ES LA MAS CONOCIDA Y
VENERADA DEL MUNDO

EL SANTUARIO DE LAS LAJAS, TOPOGRAFICAMENTE, EL MAS BELLO DEL MUNDO
EL SANTUARIO DE LAS LAJAS,
RELIGIOSAMENTE, EL MAS VISITADO DE AMERICA

EL SANTUARIO DE LAS LAJAS,
ARQUITECTONICAMENTE, EL MAS AUDAZ Y ORIGINAL DE COLOMBIA

EL SANTUARIO DE LAS LAJAS,
EL MAS IMPRESIONANTE DEL MUNDO
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Fotos y diseño por
Artur
Coral-Folleco en agradecimiento por sus bendiciones y favores
recibidos en mi vida. |
HISTORIA

En el siglo dieciocho, en Colombia, María
Meneses de Quiñones, que descendía de caciques indígenas de Potosí,
solía caminar la distancia de seis millas y un cuarto que separaban su
villa de otra llamada Ipiales, ubicado en el Departamento de Nariño en
los límites con la frontera del Ecuador.
Un día de 1754, cuando ella se acercaba al puente encima del río
Guáitara, en un sitio de nombre Las Lajas (las piedras planas y lisas),
se desató una terrible tormenta. Muy asustada, la pobre indígena, se
refugió en una cueva al lado del camino. Sintiéndose angustiada y sola,
comenzó a invocar a Nuestra Señora del Rosario, cuyo patrocinio se había
hecho popular en la región gracias a los Dominicos.
Entonces, sintió que alguien le tocó la espalda y la llamó. Ella se
volteó, pero no vio nada. Con gran miedo, huyó a Potosí. Días después,
María regresó a Ipiales, llevando en la espalda a su hijita Rosa, que
era sordomuda. Cuando llegaron a la cueva del Guáitara, ella se sentó a
descansar sobre una piedra. No había terminado de acomodarse, cuando la
niña se bajó de su espalda y comenzó a treparse en las piedras de la
cueva, exclamando: "¡Mami! ¡Mami!, ¡Aquí hay una señora blanca con un
niño en sus brazos!"
María estaba fuera de sí del espanto, pues era la primera vez que oía a
su hija hablar. Y, más aún, no veía por ninguna parte las figuras que la
niña describía. Muy nerviosa y con temor, colocó a la niña sobre su
espalda y se fue para Ipiales. Allí les contó a parientes y amigos lo
sucedido, pero nadie le creyó.
Una vez que María arregló sus asuntos en Ipiales, regresó a su casa en
Potosí. Cuando llegó al sitio donde se hallaba la cueva, sin vacilar,
pasó por el frente de la entrada, y entonces Rosa gritó: "¡Mami! ¡La
señora blanca me está llamando!"
María no podía ver nada. Asustada en extremo, se apresuró a llevarse a
la niña lejos de allí. Cuando llegó a casa, hizo el relato a sus
amistades de lo que le había pasado. De esta manera, muy pronto la
región entera supo del misterio de la cueva, la cual todos conocían,
pues quedaba al pie de un camino muy transitado.
Aparición de la Virgen con el Niño Jesús
Unos días después, Rosa desapareció de su casa. María, angustiadísima,
la buscó por todas partes, pero no la halló, hasta que su corazón de
madre la hizo caer en la cuenta de que su hija debía haber ido a la
cueva, pues a menudo decía que la mujer blanca la llamaba. Así pues, se
apresuró a la cueva del Guáitara y se alegró muchísimo de que su corazón
de madre no la había engañado. Vio a su hija arrodillada frente a la
mujer blanca y jugando, cariñosa y familiarmente, con el niño, el cual
había bajado de los brazos de su madre para permitirle a la niña
disfrutar su divina y sublime ternura. María cayó de rodillas ante este
hermoso espectáculo; había visto a la Santísima Virgen por primera vez.
Temerosa del menosprecio de sus parientes y vecinos, que no le habían
creído lo que ya les había contado, María prefirió callar al respecto.
Comenzó a frecuentar la cueva, y, poco a poco, la llenó de flores
silvestres y velas de sebo, que su hija le ayudó a pegar en la vía de
piedra.
Pasó el tiempo, y el secreto lo sabían sólo María y Rosa, hasta el día
en que la niña cayó gravemente enferma y pronto murió. María, muy
afligida, decidió llevar el cuerpo de la niña a los pies de la Señora
del Guáitara. Allí le recordó a la Virgen todas las flores y velas que
Rosa le solía llevar, y le pidió que le devolviera la vida.
Milagro asombroso
Sintiéndose presionada por la tristeza de las súplicas maternales que no
cesaban, la Virgen Santísima consiguió de su Divino Hijo el milagro de
la resurrección de la pequeña Rosa. Llena de alegría, María se fue a
Ipiales. Llegó a las diez de la noche. Les contó a todos sus allegados
la maravilla ocurrida. Los que se encontraban ya durmiendo, se
levantaron; hicieron que tocaran las campanas de la iglesia, y una gran
muchedumbre se reunió frente a la iglesia de la villa. Ya estaba
amaneciendo, y todos se dirigieron hacia la cueva. Llegaron al rayar el
alba.
A las seis de la mañana, se encontraban en Las Lajas. Ya no podía haber
duda acerca del milagro; de la cueva brillaban luces extraordinarias.
Allí, en la pared de piedra, se hallaba grabada para siempre la imagen
de la Santísima Virgen.
El Santuario de Nuestra Señora de la Lajas
El precioso santuario estilo gótico está edificado sobre el lugar del
milagro en Guáitara, en los Andes colombianos, a 7 kms de la ciudad de
Ipiales y 11 kms del puente de Rumichaca que une Colombia y Ecuador. Es
un lugar de extraordinaria belleza escogido por la Madre para prodigar
su amor. La Basílica también es una obra preciosa edificada sobre la
pendiente del río. La imagen se encuentra en el punto central sobre el
altar.
Cada 16 de septiembre, fecha de su aparición, millares de peregrinos
acuden al santuario para honrar la Virgen y rezar junto con ella.
Uno de los más populares benefactores del templo de las Lajas fue "el
ciego Rivera", quien sin la luz de sus ojos recorrió campos, pueblos y
ciudades mendigando dinero para comprar materiales con los cuales
construirle el santuario a Nuestra Señora. Es el amor a la Madre que no
repara en sacrificios con tal de poder levantarle un templo digno de tan
Gran Benefactora. Nos podemos imaginar cómo le habrá recompensado Ella
en la eternidad.
El arquitecto Espinoza la construyó con obreros que no sabían nada de
construcción. Labradores campesinos a los cuales él tenía que enseñarles
desde el modo como se hace una formaleta hasta la proporción en que hay
que mezclar la arena y el cemento. Pero la buena voluntad pudo más que
las dificultades que se presentaban. Y trabajando fueron aprendiendo.
Qué hermoso que cuando nos presentemos a Jesucristo en el día del juicio
para que nos señale nuestro puesto en la eternidad, le podamos oír decir:
"He oído a mi Madre hablar bien de ti". |