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IPIALES, NARIÑO, COLOMBIA


2007

 

ANTONIA JOSEFINA OBANDO

Los pocos datos que se conservan sobre la heroína Ipialeña Antonia Josefina Obando, han desaparecido de la memoria colectiva de sus propios conciudadanos, tales los casos de los que suministraron por medio de l aprensa, el Abogado Paulo Emilio Morillo, en 1917; el periodista Salvador Velásquez Herrera en 1924, y el investigador Roberto Sagasti en 1963, para no hablar de otros escritores que se ocuparon de estos asuntos, como los que en 1926 dio a la publicidad el conocido médico, político, historiador y pedagogo, doctor Arquímedes de Angulo quien afirma que “después de la capitulación firmada por don Basilio García, el libertador salió de Pasto con dirección a Quito, visitaron los puertos de Tuquerres, Cumbal, Ipiales, Tulcán, etcétera.

Al llegar a Ipiales, continúa diciendo el doctor Angulo, los patriotas del lugar ansiosos de hacer ostensible su gratitud a Bolivar acordaron a un programa en el que figuraba un discurso de recepción. Ninguno de los Ipialeños se atrevió a pronunciarlo delante del invencible Guerrero. El pueblo que reconocía en doña Josefina Obando a la mujer resuelta, inteligente y distinguida, le propuso tan delicada comisión. Doña Josefina la aceptó, pero con la condición de que se la vistiera de ninfa para presentarse al Libertador. La Obando cumplió el encargo de su pueblo con tanta gallardía, que Bolivar contestó a su discurso con emoción y ternura. Terminada la fiesta, la noble Ipialeña se unió a otras tantas de sus compañeras y obtuvo de las principales y más ricas del lugar, joyas y flores con que ciñó las sienes del más grande de los guerreros de América. La Obando llevó hasta el cadalso el sobrenombre de la ninfa.

Este episodio sucedió en 1822, meses más tarde, posiblemente en Julio de ese mismo año, doña Antonia Josefina Obando era ejecutada frente a la derruida capilla de la Escala, carrera 4ª. Con calle octava esquina, a pocos metros de la gallera, compartiendo el cadalso con otros compatriotas ipialeños, que también cayeron en poder de los amigos de Agualongo, que comandaba en la frontera Eusebio Mejía, apodado el “el calzón”.

Con excepción de la Obando y de un compañero de apellido Rosales, se ignoran los nombres de los demás sacrificados en esa fecha, pero sabemos por la tradición que murieron con dignidad, carácter y espíritu altamente republicano. (tomado del diario El Derecho, Pasto, sabado 9 de noviembre de 1985, Pag.2)

La heroína Ipialeña Antonia Josefina Obando

Pocos datos relativamente a otros ha recogido la historia local sobre Josefina Obando, apelando a la tradición oral y escrita como los que trae el doctor Arquímedes de Angulo en 1926 y don Roberto Sagasti en 1940, ambos en la prensa local, siendo el primero bastante conocido y casi poco del señor Sagasti, o Arturo Sicard, su seudónimo.

Antes del año 26, otros investigadores se han ocupado de doña Josefina; el doctor Avelino Vela Coral, el General Tobias F. Montenegro, el Abogado Paulo Emilio Morillo y don Leonidas Coral, entre muchos; algunos cronológicamente más próximos a la fecha de los sucesos.

Ahora sigamos en su relato al señor Sagasti: “Varios historiadores están acordes en señalar el día cinco de noviembre de 1822 como la fecha en que tuvieron lugar la entrada de las fuerzas reaccionarias a la población de Ipiales. Según lo hemos expuesto estaba al frente de aquellos, Benito Boves, el que fue secundado por el más terrible bandolero de que se tenga noticia en estas comarcas, llamado Eusebio Mejía, conocido con el sobrenombre de “El Calzón”.

Más adelante dice Sagasti “En la tradición se recogía hace algunos años las huellas patéticas de las atrocidades llevadas a cabo por los elementos reaccionarios. Se refería, entre otras cosas, que algunas familias huyeron a los campos, donde hicieron abrir subterráneos para guardar sus haberes y ocultarse de ellas mismas en las horas críticas. De estos subterráneos entre otros, noticias hubo de uno abierto en la quinta de la señora Mercedes Valverde de Paz, en el lote que con su cristiana generosidad legó al Hospital San Vicente de esta ciudad.

“La señora Josefina Obando, quien hace pocos meses presentó la bienvenida al Libertador, fue hecha prisionera por los soldados de Boves. Atadas a la espalda sus manos blancas y límpias como su alma, era llevada de un pueblo a otro para escarnio y terror de los moradores. La soldadesca, al presentarla al público le instaba para que renegara de la causa republicana, a la que siendo contraria al rey lo era de su credo religioso.

“Josefina Obando, sabia a conciencia de la pobreza del artificio, se sentía libre y sabia de la corrección de su vida antes que intimidarla la amenaza vil, contestaba a voz en cuellos “viva su religión y al libertador de su pueblo”.

“De porte alto, blanco el rostro, es el rasgo de la fisonomía que de esta heroína se ha guardado. En sus días de cautiverio, hasta llegar al último sacrificio, se la vio vestida, según la usanza, con manto de paño blanco y
zapatos de raso. Estas referencias recogidas y que media una generación solamente hasta llegar a las personas que conocieron a dona Josefina, merecen toda fe y respeto a quien estas líneas escribe y que se ratifica en consecuencia de otras memorias que luego ha encontrado auténticas.

“L a sangre procera de Josefina Obando empurpuró las toscas baldosas de la capilla de la Escala: con su muerte esculpió una página de heroísmo y de gloria para la historia de su patria chica. Subió al cadalso y se consumió el sacrificio de su vida, hecho en aras de la Libertad. Su nombre no se ha recogido para la corona inmarcesible que forman las heroínas ya consagradas para siempre a la veneración de la patria grane. Es quizá desconocido. Se explica el eco vago que el acontecimiento podría ser en la conciencia nacional, si el hecho ocurrió en una pequeña aldea, aislada de los centros avanzados y que no le cupo la suerte ser el teatro de hechos de resonancia”

Su muerte posiblemente sucedió entre el 8 y el 10 de noviembre de 1822, según el curso de los hechos, como ya lo anotamos. Abrimos la esperanza de alcanzar mayor esclarecimiento en torno a la muerte de nuestra heroína. Lamentablemente es. Eso si, inquirir frente a archivo incompletos y desordenados. Será del caso recordar
que por esto mismos tiempos fueron saqueados los libros parroquiales. Y no solo es eso, las transferencias de la capital de la provincia a la ciudad de Túquerres, cuántas pérdidas y trastornos ocasionaron, y por sobre todo, los archivos municipales, fueron incendiados en la revolución de 1876” (tomado el Diario del Sur. Pasto, martes 9 de noviembre de 1990, pag.6)

 


 

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